
El lactato ha ocupado durante décadas un lugar ambiguo en la cultura del deporte. Durante décadas se le atribuyeron el ardor muscular, la fatiga y la pérdida de rendimiento durante esfuerzos intensos. Esta explicación simplificó en exceso un fenómeno complejo. El lactato no es un residuo inútil ni una señal automática de fracaso fisiológico: participa activamente en la producción de energía, el transporte de combustibles entre tejidos y la regulación de respuestas adaptativas al entrenamiento.
Durante el ejercicio intenso, el organismo produce lactato cuando la degradación de glucosa se acelera. No permanece acumulado de manera pasiva, sino que puede utilizarse con rapidez por el corazón, el cerebro y fibras musculares con elevada capacidad oxidativa. Además, puede reconvertirse en glucosa y contribuir a mantener la disponibilidad energética. Esta circulación entre órganos y tejidos lo convierte en un importante enlace metabólico: transporta carbono, facilita el uso de energía y participa en la comunicación interna del organismo durante y después del esfuerzo.
Esta reinterpretación ha despertado interés por su posible uso como suplemento. La propuesta surge de un razonamiento fisiológico plausible. Cuando el lactato se oxida o se transforma de nuevo en glucosa, puede favorecer el consumo de iones de hidrógeno y la generación de bicarbonato. Teóricamente, ayudaría a amortiguar parte de la acidez metabólica que surge en esfuerzos muy exigentes, especialmente cuando la acumulación de protones limita la capacidad de mantener una potencia elevada. Por ello se le ha comparado con el bicarbonato sódico, aunque ambos compuestos actúan mediante procesos distintos y no pueden considerarse equivalentes.
El bicarbonato sódico eleva directamente el bicarbonato extracelular y facilita la salida de iones de hidrógeno desde el músculo activo. El lactato, en cambio, debe ser absorbido, distribuido y metabolizado para generar un posible efecto alcalinizante indirecto. El fundamento metabólico puede ser válido, pero la aplicación deportiva exige alcanzar concentraciones suficientes sin provocar efectos adversos que eliminen cualquier beneficio. En este punto, el principal problema no es solo saber qué dosis administrar, sino cómo lograr que el organismo la tolere correctamente.
La suplementación oral con lactato sódico se encuentra repetidamente con una barrera práctica: el malestar gastrointestinal. Diferentes dosis, cantidades de líquido, condiciones de alimentación y presentaciones han mostrado aumentos escasos del lactato sanguíneo acompañados de náuseas, dolor abdominal, urgencia intestinal e incluso vómitos. Una intervención que compromete el confort digestivo antes de competir difícilmente puede considerarse útil, aunque su explicación bioquímica resulte atractiva.
Por esta razón, la cantidad de lactato no es el único factor relevante. También importan el pH, la pureza, la concentración, el volumen de la bebida y la forma química de administración. La formulación puede decidir si el suplemento resulta fisiológicamente útil o simplemente intolerable. Se han ensayado alternativas como el polilactato, en el que las moléculas se agrupan en estructuras mayores y, en teoría, menos osmóticas. Esta estrategia buscaba reducir la carga de sodio y el estrés digestivo, manteniendo la posibilidad de aportar lactato. Algunos resultados iniciales indicaron un mantenimiento más favorable del bicarbonato, del pH y de la glucosa durante ejercicio prolongado.
No obstante, esos hallazgos no se tradujeron en mejoras consistentes del rendimiento, sobre todo cuando el polilactato se añadía a una estrategia habitual de aporte de carbohidratos. El número reducido de participantes, la falta de resultados funcionales sólidos y el coste elevado del ingrediente limitaron su utilidad práctica. Este ejemplo refleja una situación frecuente en nutrición deportiva: un mecanismo puede resultar elegante y prometedor sin generar una ventaja relevante en condiciones reales de entrenamiento o competición.
Entre las formulaciones investigadas, el lactato cálcico ha aportado las señales más favorables. En dosis relativamente altas se han detectado aumentos medibles de bicarbonato y cierta alcalinización. En protocolos diseñados para provocar acidosis marcada, como intervalos repetidos a intensidad muy alta seguidos de trabajo hasta el agotamiento, se han comunicado mejoras de la tolerancia al esfuerzo. Estas observaciones apuntan a una posible utilidad cuando la capacidad de amortiguar la acidez es un límite relevante. Sin embargo, proceden de pruebas muy específicas, breves y de carácter anaeróbico extremo, precisamente el escenario en el que una intervención alcalinizante tiene mayores posibilidades de mostrar efecto.
Cuando la estrategia se traslada a ejercicios prolongados y más próximos a eventos reales de resistencia, la evidencia es mucho menos convincente. Pueden detectarse cambios fisiológicos modestos, como pequeñas elevaciones de bicarbonato o una percepción de esfuerzo algo menor, sin una mejora clara del rendimiento final. A ello se suma que los síntomas digestivos se acumulan mientras avanza el ejercicio: gases, distensión abdominal, calambres, molestias estomacales y urgencia para evacuar.
Los productos comerciales añaden incertidumbre, pues suelen contener lactato de calcio o magnesio en cantidades inferiores a las asociadas con cambios relevantes del equilibrio ácido-base. A esas dosis no cabría esperar una alcalinización suficiente para modificar de forma importante la fatiga. Cuando se describen mejoras sin variaciones significativas de lactato sanguíneo, bicarbonato o pH, el mecanismo planteado resulta difícil de justificar. Esto no prueba que todo efecto sea imposible, pero obliga a interpretar cualquier resultado con prudencia y a evitar promesas que excedan el respaldo disponible.
La línea futura más estimulante quizá no sea el rendimiento inmediato, sino la adaptación al entrenamiento. El lactato parece actuar como señal celular e intervenir en rutas vinculadas a la formación de mitocondrias y a la capacidad oxidativa muscular. Si tales vías se confirman en humanos mediante dosis realistas y formatos bien tolerados, podrían abrir posibilidades interesantes. Sin embargo, los resultados más llamativos proceden principalmente de modelos animales y emplean cantidades poco trasladables a la práctica deportiva.
Por ahora, el lactato se sitúa entre una fisiología convincente y una aplicación aún incierta. No debe considerarse enemigo del rendimiento: cumple funciones esenciales en el metabolismo energético y la comunicación entre tejidos. Pero tampoco existen bases suficientes para presentarlo como ayuda ergogénica consolidada. Su posible utilidad parece concentrarse en esfuerzos breves, muy intensos y condicionados por la acidosis, siempre que la formulación garantice tolerancia. En la mayoría de los contextos, las estrategias de carbohidratos, hidratación y bicarbonato sódico cuentan todavía con una base práctica más sólida.
Referencia completa del artículo original:
Jeukendrup A. https://www.mysportscience.com/post/lactate





