
El envejecimiento muscular no puede explicarse únicamente como una reducción gradual del tamaño de las fibras. La sarcopenia surge de la interacción entre alteraciones metabólicas, pérdida de unidades motoras, menor capacidad regenerativa, inflamación crónica y cambios en la comunicación entre el músculo y otros tejidos. Con el paso de los años se rompe el equilibrio entre síntesis y degradación de proteínas, aparece resistencia anabólica frente al ejercicio, la proteína y la insulina, y disminuye especialmente la cantidad y el tamaño de las fibras rápidas tipo II. La denervación progresiva, la reinervación incompleta y la inestabilidad de la unión neuromuscular contribuyen además a la pérdida de fuerza, coordinación y autonomía.
Las mitocondrias ocupan una posición central en este deterioro. En el músculo envejecido presentan alteraciones estructurales, menor capacidad respiratoria, reducción de la biogénesis, inestabilidad del ADN mitocondrial y menor eficacia de la mitofagia. El descenso de PGC-1α limita la formación de nuevas mitocondrias y favorece la fatiga, la atrofia y la inflamación sistémica. Paralelamente, el exceso de especies reactivas de oxígeno daña proteínas, lípidos y ADN, reduce la sensibilidad al calcio, altera la transmisión neuromuscular y dificulta la activación de las células satélite. Se genera así un círculo vicioso en el que el déficit energético, el estrés oxidativo y la pérdida de proteostasis aceleran la sarcopenia.
La regeneración muscular también se deteriora porque las células satélite adquieren rasgos de presenescencia, proliferan menos y responden de forma inadecuada a señales como Notch, p38, JAK-STAT, TGF-β o Wnt. A ello se añaden modificaciones epigenéticas, pérdida de estabilidad de la cromatina y cambios en el nicho celular. Los progenitores fibro-adipogénicos, los macrófagos y la matriz extracelular dejan de coordinar adecuadamente la reparación, favoreciendo fibrosis, infiltración grasa y regeneración incompleta. Por tanto, la disfunción no reside únicamente en las fibras musculares, sino en toda la red celular que sostiene su mantenimiento.
El envejecimiento de otros órganos agrava este proceso. Las células senescentes, el sistema hematopoyético envejecido, las vesículas extracelulares procedentes de macrófagos, la alteración de los ritmos circadianos y la inflamación sistémica pueden transmitir señales perjudiciales al músculo. La sarcopenia debe entenderse, por ello, como una alteración multiorgánica en la que el músculo es simultáneamente receptor y emisor de señales metabólicas, inmunológicas y endocrinas.
El ejercicio constituye la intervención más completa para frenar esta trayectoria. El entrenamiento mejora la masa y función mitocondrial, activa PGC-1α y Nrf2, estimula autofagia y mitofagia, aumenta la sensibilidad a la insulina y reduce inflamación y estrés oxidativo. Además, las mioquinas liberadas durante la contracción favorecen una comunicación sistémica más saludable y pueden limitar la acción de la miostatina. Tanto el ejercicio aeróbico como el de fuerza generan adaptaciones específicas, y el músculo envejecido conserva una capacidad relevante para responder al estímulo. La combinación de ejercicio individualizado con nuevas herramientas como atlas musculares humanos, transcriptómica espacial y análisis proteómicos permitirá identificar biomarcadores y dianas terapéuticas para prevenir o tratar la sarcopenia, considerando sexo, edad, estado funcional, historial de actividad física, comorbilidades y la vulnerabilidad específica de cada grupo muscular individual.
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Referencia completa del artículo:
Hernández-Camacho JD, Saclier M. The Impact of Ageing on Skeletal Muscle: Roles of Mitochondrial Dysregulation, Systemic Communication, and Exercise. J Cell Physiol. 2026 Aug;241(8):e70212. doi: 10.1002/jcp.70212.





