La migraña constituye una de las principales causas de discapacidad en el mundo y afecta de forma especialmente marcada a las mujeres. A partir de la pubertad, su prevalencia aumenta claramente respecto a los hombres, una diferencia estrechamente relacionada con las fluctuaciones hormonales, en particular con los cambios del estradiol. La caída rápida de estrógenos durante la fase lútea tardía puede generar una ventana de mayor vulnerabilidad, favoreciendo alteraciones en la excitabilidad trigeminovascular, la señalización serotoninérgica y opioide, la producción de óxido nítrico y prostaglandinas y, especialmente, la actividad del péptido relacionado con el gen de la calcitonina (CGRP).
El CGRP desempeña un papel central en la fisiopatología de la migraña al promover vasodilatación meníngea, inflamación neurogénica y sensibilización de las vías nociceptivas. Las mujeres presentan una mayor sensibilidad de este sistema, modulada además por el ciclo menstrual, el embarazo y la menopausia. Esto ayuda a explicar por qué la migraña femenina debe entenderse como un trastorno neuroendocrino, neurovascular y nociceptivo en el que las hormonas sexuales interactúan con mecanismos autonómicos, vasculares, inflamatorios y de procesamiento del dolor.
En este contexto, el entrenamiento de fuerza aparece como una estrategia no farmacológica especialmente interesante. Aunque tradicionalmente la investigación se ha centrado en el ejercicio aeróbico, análisis recientes indican que el entrenamiento de fuerza puede reducir de forma relevante la frecuencia mensual de migrañas y que la combinación de ejercicio aeróbico y fuerza podría producir efectos aún mayores. Sin embargo, la importancia del entrenamiento de fuerza no reside únicamente en su efecto clínico, sino también en su capacidad para actuar simultáneamente sobre varios mecanismos implicados en la enfermedad.
Uno de esos mecanismos es la regulación autonómica. Las personas con migraña suelen mostrar predominio simpático y menor modulación vagal entre ataques. El entrenamiento progresivo puede mejorar la variabilidad de la frecuencia cardiaca, la sensibilidad barorrefleja y la respuesta cardiovascular al estrés. Paralelamente, puede favorecer la función endotelial, aumentar la biodisponibilidad de óxido nítrico y reducir la rigidez arterial, contribuyendo a estabilizar un entorno vascular potencialmente susceptible a la activación trigeminovascular.
Otro mecanismo relevante es la reducción de la inflamación sistémica de bajo grado. El entrenamiento de fuerza puede disminuir marcadores como proteína C reactiva, IL-6 crónicamente elevada y TNF-α, al tiempo que estimula la liberación de mioquinas y exerquinas con efectos antiinflamatorios. Además, puede reforzar los sistemas endógenos de inhibición del dolor mediante mecanismos opioides, endocannabinoides y vías descendentes de modulación nociceptiva. Esta hipoalgesia inducida por el ejercicio podría ser especialmente relevante en la migraña, donde son frecuentes la sensibilización central y el deterioro de los sistemas inhibitorios descendentes.
La interpretación más plausible es, por tanto, que el entrenamiento de fuerza no actúe sobre una única diana específica, sino que aumente la “capacidad de amortiguación fisiológica” del organismo. Una mejor regulación autonómica, vascular, inflamatoria y nociceptiva podría elevar el umbral necesario para desencadenar una crisis, compensando parcialmente periodos de mayor vulnerabilidad hormonal. Este concepto resulta especialmente relevante durante la fase lútea tardía, cuando la retirada estrogénica puede reducir dicho umbral.
La prescripción debe ser progresiva e individualizada. Se plantean como referencia dos o tres sesiones semanales, cargas moderadas en torno al 60–80% de 1RM y ejercicios multiarticulares, evitando inicialmente esfuerzos máximos, maniobras de Valsalva, deshidratación, hipoglucemia o recuperaciones insuficientes. En días con síntomas premonitorios, mal descanso o mayor susceptibilidad puede ser razonable reducir temporalmente carga, volumen o proximidad al fallo.
En conjunto, el entrenamiento de fuerza representa una intervención prometedora como complemento del tratamiento farmacológico de la migraña en mujeres. Su principal valor reside en actuar sobre múltiples sistemas fisiológicos que condicionan la vulnerabilidad a las crisis. No obstante, la evidencia actual sigue siendo heterogénea y de baja o muy baja certeza, por lo que son necesarios ensayos específicamente diseñados en mujeres que evalúen ciclo menstrual, estado hormonal, CGRP, variabilidad cardiaca, función endotelial y modulación del dolor antes de establecer recomendaciones clínicas definitivas.
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Referencia completa del artículo:
Tornero-Aguilera JF, Muñoz-López M, Casas-Gómez M, Zabaleta-Korta A, López-Gil JF. Resistance training for migraine in females: mechanistic review of hormonal, CGRP, autonomic, vascular and nociceptive pathways. J Neurophysiol. 2026 Sep 17. doi: 10.1152/jn.00195.2026.