El sueño constituye una necesidad biológica esencial para los seres humanos y los animales, además de representar uno de los pilares fundamentales de la salud física, mental y social. Sin embargo, en las últimas décadas se ha producido un deterioro progresivo de la salud del sueño a nivel global debido a la interacción de múltiples factores ambientales, sociales y conductuales. La evidencia actual muestra que las alteraciones del sueño ya no pueden comprenderse únicamente desde una perspectiva individual o clínica, sino que deben analizarse dentro de un contexto más amplio que integre el entorno físico, las dinámicas sociales, los estilos de vida y los ecosistemas compartidos por humanos y animales.

Los trastornos del sueño, especialmente el insomnio y la apnea obstructiva del sueño, afectan actualmente a una proporción muy importante de la población mundial. El aumento sostenido de los problemas de sueño se relaciona con cambios profundos en la organización de las sociedades modernas, incluyendo la urbanización acelerada, la exposición constante a la luz artificial, la contaminación ambiental, las jornadas laborales extensas, el trabajo nocturno y el uso excesivo de tecnologías digitales. Estas condiciones alteran los ritmos biológicos naturales y generan un desajuste creciente entre las necesidades fisiológicas del organismo y las demandas del entorno contemporáneo.
El concepto de “exposoma” permite comprender cómo las exposiciones acumuladas a factores físicos, sociales y conductuales influyen sobre la salud del sueño a lo largo de la vida. Entre los componentes físicos destacan el aumento de las temperaturas globales, la contaminación lumínica y acústica, la mala calidad del aire y la reducción de espacios verdes urbanos. A nivel social, influyen las desigualdades económicas, el estrés laboral y familiar, los horarios irregulares y el denominado “jet lag social”, caracterizado por la discrepancia entre los horarios biológicos naturales y las obligaciones sociales. En el ámbito conductual, hábitos como el sedentarismo, la alimentación inadecuada, el consumo de alcohol, tabaco y cafeína, así como la exposición prolongada a pantallas y redes sociales, contribuyen significativamente al deterioro del sueño.

La interacción entre estos factores genera consecuencias profundas sobre el cerebro y el organismo. Dormir adecuadamente desempeña un papel neuroprotector fundamental. Diversos estudios poblacionales indican que alrededor de siete horas de sueño representan el rango óptimo para el rendimiento cognitivo y el bienestar general. Tanto dormir menos como dormir en exceso se asocia con peores resultados físicos, emocionales y cognitivos. Durante el sueño, el cerebro activa mecanismos de limpieza metabólica que eliminan sustancias potencialmente tóxicas, incluyendo proteínas relacionadas con enfermedades neurodegenerativas. La privación de sueño favorece la acumulación de estos residuos y acelera procesos asociados al envejecimiento cerebral y al deterioro cognitivo.
Las alteraciones crónicas del sueño también afectan la regulación emocional y aumentan el riesgo de trastornos psiquiátricos como ansiedad y depresión. En adolescentes y adultos jóvenes, los problemas de sueño constituyen uno de los principales predictores de vulnerabilidad psicológica. Además, el tratamiento adecuado de los trastornos del sueño puede mejorar significativamente la salud mental, lo que demuestra la estrecha relación bidireccional entre sueño y bienestar emocional.
Los efectos negativos del sueño insuficiente se extienden igualmente a numerosos sistemas corporales. La fragmentación del sueño y el insomnio activan respuestas fisiológicas de estrés, incrementan la secreción de cortisol y adrenalina y alteran múltiples funciones metabólicas e inmunológicas. Las personas con sueño deficiente presentan mayor riesgo de hipertensión arterial, enfermedad coronaria, accidente cerebrovascular, obesidad, diabetes tipo 2 y deterioro inmunológico. Asimismo, el sueño irregular favorece procesos inflamatorios sistémicos y disfunciones hormonales que incrementan el riesgo de enfermedades crónicas y mortalidad prematura.

La relación entre sueño y salud no se limita exclusivamente a los seres humanos. Los ritmos circadianos y los patrones de sueño desempeñan un papel esencial en el funcionamiento fisiológico de múltiples especies animales. La contaminación lumínica, el cambio climático y la destrucción de hábitats alteran los ciclos naturales de sueño, alimentación, reproducción y migración en animales domésticos y silvestres. Estas alteraciones tienen repercusiones ecológicas importantes y afectan indirectamente la salud humana. Incluso la convivencia cotidiana entre humanos y animales domésticos puede influir mutuamente sobre la calidad del sueño de ambas especies.
El cambio climático emerge como uno de los desafíos más relevantes para la salud global del sueño. El incremento sostenido de las temperaturas nocturnas reduce la duración y calidad del sueño, especialmente en adultos mayores, mujeres y poblaciones de bajos ingresos. Las proyecciones indican que, hacia finales de siglo, el calentamiento global podría ocasionar una pérdida significativa de horas de sueño por persona cada año. Los fenómenos climáticos extremos, las olas de calor y los desplazamientos poblacionales asociados a crisis ambientales generan además estrés psicológico y alteraciones persistentes de los ritmos biológicos.
La contaminación lumínica representa otro problema creciente. La exposición nocturna a luz artificial inhibe la secreción de melatonina, retrasa el inicio del sueño y aumenta el estado de alerta durante la noche. Este fenómeno no solo afecta a las personas, sino también a la fauna, modificando patrones conductuales y fisiológicos esenciales para el equilibrio de los ecosistemas. Del mismo modo, la contaminación acústica urbana produce despertares frecuentes, fragmentación del sueño y elevación sostenida de la presión arterial y la frecuencia cardíaca.
Las tecnologías digitales constituyen un desafío particularmente importante para niños, adolescentes y adultos jóvenes. El uso excesivo de teléfonos inteligentes, redes sociales y plataformas de entretenimiento durante la noche prolonga el estado de vigilia y reduce las oportunidades de descanso. La exposición a luz azul emitida por pantallas retrasa los ritmos circadianos y favorece el desarrollo de insomnio, fatiga diurna y problemas metabólicos. Estos efectos se agravan en sociedades hiperconectadas donde las actividades laborales, educativas y sociales se extienden constantemente hacia horarios nocturnos.
Las desigualdades socioeconómicas también desempeñan un papel central en la salud del sueño. Las personas expuestas a condiciones de pobreza, jornadas laborales extensas, inseguridad habitacional y estrés financiero presentan mayor prevalencia de trastornos del sueño. A su vez, la falta de sueño deteriora el rendimiento cognitivo, emocional y laboral, perpetuando ciclos de vulnerabilidad social y problemas de salud.
Frente a este escenario, surge la necesidad de considerar el sueño como una prioridad de salud pública global. La promoción de una adecuada higiene del sueño requiere campañas educativas amplias, adaptadas culturalmente y dirigidas a diferentes grupos etarios. Los sistemas educativos y sanitarios deben incorporar conocimientos sobre cronobiología y salud del sueño, mientras que las políticas públicas deberían incluir regulaciones relacionadas con la contaminación lumínica, el ruido ambiental, los horarios laborales y escolares, y el diseño urbano orientado a proteger los ritmos biológicos.

El fortalecimiento de la investigación interdisciplinaria resulta igualmente esencial. El uso de tecnologías portátiles, inteligencia artificial y grandes bases de datos permitirá comprender mejor las interacciones entre sueño, ambiente, genética y salud. Asimismo, la integración de indicadores de sueño en programas de vigilancia epidemiológica facilitaría el desarrollo de estrategias preventivas más eficaces.
La salud del sueño puede entenderse también como una forma de “capital social y sanitario”, ya que dormir adecuadamente mejora la productividad, la resiliencia psicológica, el bienestar colectivo y la sostenibilidad económica. Invertir en políticas orientadas a proteger el sueño no solo reduce enfermedades y costos sanitarios, sino que fortalece el funcionamiento de las sociedades y favorece ecosistemas más saludables y equilibrados.
En conjunto, la evidencia disponible demuestra que el sueño constituye un componente esencial de la salud planetaria. Los desafíos ambientales, tecnológicos y sociales contemporáneos exigen respuestas coordinadas e integrales que reconozcan la importancia del sueño para la salud humana, animal y ecológica. La protección del descanso y de los ritmos biológicos emerge así como una condición indispensable para promover sociedades más saludables, resilientes y sostenibles.
Acceso libre al artículo original en: https://www.fisiologiadelejercicio.com/wp-content/uploads/2026/06/Elevating-sleep-to-a-global-health-priority.pdf
Referencia completa del artículo:
Tahmasian M, Küppers V, Genon S, Eickhoff SB, Golombek DA, Ibanez A. Elevating sleep to a global health priority: The One Sleep Health framework. Cell Rep Med. 2026 May 22:102828. doi: 10.1016/j.xcrm.2026.102828.




