Ejercicio: la mejor medicina cardiovascular

Salud y Deporte

La actividad física regular se ha consolidado como una de las estrategias más eficaces para prevenir y reducir el impacto de las enfermedades cardiovasculares, responsables de una gran parte de la mortalidad mundial. Más allá de sus efectos sobre el peso corporal o la condición física, el ejercicio actúa sobre múltiples sistemas biológicos de manera simultánea, generando adaptaciones metabólicas, inmunológicas, vasculares y neurológicas que fortalecen el funcionamiento cardiovascular y mejoran la salud general a largo plazo.

Uno de los principales beneficios del ejercicio se relaciona con el metabolismo lipídico. La práctica regular de actividad física contribuye a disminuir los niveles de colesterol LDL y triglicéridos, al mismo tiempo que aumenta el colesterol HDL, reconocido por su función protectora sobre las arterias. Estos cambios reducen la acumulación de placas ateroscleróticas y favorecen la estabilidad de las lesiones vasculares existentes, disminuyendo el riesgo de infarto de miocardio y accidente cerebrovascular. Además, el ejercicio mejora la sensibilidad a la insulina y optimiza el uso de grasas como fuente de energía, lo que ayuda a reducir la inflamación metabólica y el daño vascular progresivo.

La inflamación crónica de bajo grado constituye otro factor central en el desarrollo de enfermedades cardiovasculares. El sedentarismo favorece la activación persistente del sistema inmunológico y la liberación continua de moléculas inflamatorias que deterioran el endotelio vascular y aceleran la formación de placas. El ejercicio físico regular actúa como un potente modulador inmunológico al reducir marcadores inflamatorios como la proteína C reactiva, el TNF-alfa y determinadas interleucinas. Asimismo, promueve cambios en distintas células inmunitarias hacia perfiles antiinflamatorios, favoreciendo procesos de reparación tisular y estabilización de las placas ateroscleróticas.

El sistema nervioso autónomo también desempeña un papel fundamental en la protección cardiovascular inducida por el ejercicio. La actividad física mejora el equilibrio entre los sistemas simpático y parasimpático, lo que se traduce en una reducción de la frecuencia cardíaca en reposo, una mejor variabilidad cardíaca y una regulación más eficiente de la presión arterial. Estas adaptaciones disminuyen el riesgo de arritmias, hipertensión y remodelado cardíaco patológico, especialmente en personas con insuficiencia cardíaca o antecedentes de infarto.

Otro mecanismo relevante involucra las mitocondrias, responsables de la producción de energía celular. El ejercicio estimula la biogénesis mitocondrial, mejora la capacidad antioxidante y reduce el estrés oxidativo, un proceso estrechamente vinculado al envejecimiento vascular y al daño cardíaco. Al disminuir la producción excesiva de especies reactivas de oxígeno, la actividad física protege las células del miocardio y mejora la recuperación tras lesiones cardiovasculares.

La relación entre ejercicio y microbiota intestinal representa además un campo emergente de gran interés. La actividad física favorece una mayor diversidad microbiana y aumenta la producción de ácidos grasos de cadena corta, compuestos con propiedades antiinflamatorias que fortalecen la barrera intestinal y mejoran el metabolismo lipídico y glucémico. Paralelamente, disminuyen sustancias asociadas al desarrollo de aterosclerosis y disfunción endotelial, lo que contribuye a un entorno metabólico más saludable.

Los beneficios clínicos de estas adaptaciones son amplios. Después de un infarto agudo de miocardio, el ejercicio mejora la función ventricular, favorece una cicatrización cardíaca más eficiente y reduce la mortalidad. En pacientes con insuficiencia cardíaca, incrementa la capacidad funcional y la calidad de vida, además de reducir el riesgo de hospitalización. También se ha demostrado que la actividad física regular disminuye significativamente la incidencia de accidentes cerebrovasculares al mejorar la circulación cerebral, controlar la presión arterial y proteger la función endotelial.

La protección cardiovascular inducida por el ejercicio no depende exclusivamente de entrenamientos intensos. Actividades moderadas y sostenidas, como caminar rápido, nadar o montar en bicicleta, generan beneficios importantes cuando se practican de forma regular. Incluso pequeñas modificaciones en el estilo de vida sedentario pueden producir mejoras acumulativas sobre el sistema cardiovascular.

En conjunto, la evidencia muestra que el ejercicio actúa como una intervención terapéutica integral capaz de influir simultáneamente sobre metabolismo, inflamación, función vascular, sistema nervioso y microbiota intestinal. Esta capacidad multisistémica convierte a la actividad física en una herramienta esencial para prevenir enfermedades cardiovasculares, mejorar la recuperación tras eventos cardíacos y promover una mayor longevidad y calidad de vida.

Acceso libre al artículo original en: https://www.fisiologiadelejercicio.com/wp-content/uploads/2026/06/Exercise-as-medicine.pdf

Referencia completa del artículo:

Bhardwaz S, Schunkert H, Sager H. Exercise as medicine: Improving cardiovascular health through physical activity. Atherosclerosis, 2026; 0

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