La disposición para rendir —o readiness— representa un estado complejo que integra la recuperación física, la disponibilidad psicológica para competir y la capacidad de ejecutar eficazmente las tareas individuales y colectivas. No puede reducirse a un único indicador fisiológico, psicológico o de rendimiento. En este contexto, el cortisol y la testosterona han adquirido interés como posibles marcadores hormonales, aunque su interpretación exige prudencia: reflejan principalmente la respuesta del organismo al estrés y solo de manera indirecta pueden aportar información sobre la preparación del deportista.
El estrés no debe entenderse necesariamente como un fenómeno negativo. Es cualquier estímulo que obliga al organismo o a la mente a adaptarse. Cuando la magnitud y la frecuencia del estímulo son adecuadas, favorece la adaptación; si resulta insuficiente, no genera cambios relevantes, y si es excesivo o se mantiene durante demasiado tiempo, puede producir fatiga, ansiedad, deterioro del rendimiento o lesión. Un calentamiento bien diseñado constituye un ejemplo de estrés agudo, planificado y progresivo capaz de preparar al deportista para entrenar o competir.
La exposición a un estímulo estresante activa el eje hipotálamo-hipófiso-adrenal y puede aumentar la producción de cortisol. A su vez, las variaciones del cortisol pueden estimular o inhibir el eje hipotálamo-hipófiso-gonadal, modificando la secreción de testosterona. Esta respuesta no depende únicamente de las características objetivas del estímulo. La percepción individual de su dificultad, amenaza, utilidad o agrado también puede condicionar la magnitud del cambio hormonal.
El cortisol desempeña una función activadora y facilita la movilización de sustratos energéticos. Concentraciones elevadas antes o durante algunas competiciones se han relacionado con un mejor rendimiento en actividades breves y de alta intensidad, como el judo o la halterofilia. También se han observado asociaciones en pruebas más prolongadas, como el remo, algo coherente con su participación en la disponibilidad energética. Sin embargo, una elevación excesiva o sostenida puede aumentar el coste metabólico, favorecer el catabolismo y asociarse con fatiga, ansiedad y alteraciones conductuales. Por tanto, un valor elevado no debe interpretarse automáticamente como señal favorable o desfavorable: su significado depende del momento, la magnitud, la duración de la respuesta y las características del deportista.
La testosterona se ha relacionado con la motivación, la asertividad, la competitividad cooperativa, el control motor y la expresión neuromuscular de la fuerza, la velocidad y la potencia. Entre sus posibles mecanismos se encuentran la movilización de reservas energéticas, la regulación de las unidades motoras y la activación de vías anabólicas relacionadas con la síntesis proteica. Concentraciones más altas o incrementos agudos de testosterona libre se han asociado con indicadores favorables de rendimiento en atletismo, rugby, surf, hockey, remo y rugby 7, tanto en hombres como en mujeres.
Cortisol y testosterona también se valoran conjuntamente mediante la relación testosterona/cortisol. Tradicionalmente, una disposición favorable para competir se ha vinculado con una elevación de ambas hormonas, especialmente cuando el incremento de testosterona supera proporcionalmente al del cortisol. Una relación elevada se ha asociado, además, con una recuperación más rápida. No obstante, este cociente simplifica procesos fisiológicos complejos y no debe utilizarse de forma aislada para decidir si un deportista está preparado para rendir.
La principal limitación es que las asociaciones observadas no demuestran causalidad. No está claro si las variaciones hormonales mejoran directamente el rendimiento o si reflejan otros procesos que sí son determinantes, como la activación psicofisiológica, la motivación o el estado de entrenamiento. La mayoría de los resultados relevantes se han obtenido midiendo hormonas libres, especialmente en saliva, y no necesariamente las concentraciones séricas totales. La fracción libre no está unida a proteínas transportadoras y se considera más disponible para actuar en los tejidos, pero “disponible” no significa necesariamente “utilizada”.
Tampoco se conoce con precisión la relación dosis-respuesta. Algunos cambios estadísticamente significativos no superan el 10%, una magnitud que quizá no produzca efectos fisiológicos relevantes. Por ello, el cortisol y la testosterona deben considerarse biomarcadores potenciales de la respuesta al estrés y de ciertos procesos relacionados con el rendimiento, no reguladores únicos ni medidas directas de la disposición competitiva.
Existen intervenciones naturales destinadas a modular de manera aguda el perfil hormonal antes del entrenamiento o la competición. Entre las estrategias físicas se incluyen esfuerzos breves e intensos, ejercicios de fuerza, acciones de velocidad o estímulos de potenciación que no generen una fatiga metabólica relevante. Las estrategias psicosociales comprenden presentaciones motivacionales, revisión de imágenes o vídeos, interacción social positiva y generación de un entorno emocional favorable. Su eficacia es muy variable y parece depender de las concentraciones hormonales basales, el estado de entrenamiento y la respuesta particular del deportista.
La individualidad constituye, probablemente, el elemento más importante. Ante un mismo estímulo, algunos deportistas presentan aumentos hormonales claros y otros apenas responden. Los ciclistas muy entrenados pueden experimentar incrementos de testosterona después de esfuerzos breves en cicloergómetro, mientras que deportistas recreativos muestran respuestas menores y personas no habituadas a esa modalidad pueden no presentar cambios. El organismo entrenado parece desarrollar un control más específico de la respuesta hormonal, lo que también explicaría por qué la potenciación suele resultar más eficaz en atletas fuertes y potentes.
La percepción del estímulo es igualmente decisiva. Un protocolo de esprints puede representar un reto aceptable para un ciclista y una experiencia excesivamente estresante para una persona sin experiencia en ciclismo. El grado de agrado y la percepción de eficacia del calentamiento pueden relacionarse tanto con la respuesta hormonal como con el rendimiento posterior. En consecuencia, una intervención de activación no debe seleccionarse únicamente por su supuesto efecto fisiológico, sino también por su familiaridad, aceptación y adecuación psicológica.
La testosterona también posee relevancia en las deportistas, pese a haber recibido menor atención. Aunque las concentraciones totales difieren entre sexos, los valores de testosterona libre pueden solaparse, y las respuestas agudas de testosterona y cortisol presentan importantes semejanzas. La variabilidad puede ser mayor en mujeres por la influencia del ciclo menstrual, aunque no todas muestran un patrón hormonal claramente reconocible. Algunas presentan un pico de testosterona próximo a la ovulación, posiblemente más frecuente en mujeres entrenadas.
Los anticonceptivos hormonales pueden atenuar las fluctuaciones de testosterona y modificar las respuestas del cortisol y la testosterona frente al entrenamiento intenso o la competición. También se han observado posibles diferencias en la sensibilidad a la dihidrotestosterona, metabolito de la testosterona que podría participar en la adaptación a cargas elevadas. Sin embargo, las diferencias individuales parecen ser más relevantes que las diferencias generales entre hombres y mujeres.
La utilidad práctica de estos biomarcadores exige establecer perfiles longitudinales individuales. Edad, nivel competitivo, masa muscular, fuerza basal, estado de entrenamiento, fase del ciclo menstrual, uso de anticonceptivos, tipo de estímulo y percepción subjetiva pueden modificar los resultados. Una medición aislada tiene, por tanto, un valor limitado. La interpretación debería apoyarse en cambios respecto al valor habitual del deportista y combinarse con bienestar, sueño, fatiga, dolor muscular, carga reciente y pruebas sencillas de rendimiento neuromuscular.
En definitiva, cortisol y testosterona pueden complementar la valoración de la disposición para rendir, pero no deben utilizarse como un “semáforo” hormonal independiente. Su mayor utilidad reside en mostrar cómo responde cada deportista al estrés y cómo cambia esa respuesta con el entrenamiento, la recuperación y el contexto competitivo. La pregunta realmente relevante no es si un valor es universalmente alto o bajo, sino si el patrón observado es habitual, coherente y funcional para ese deportista concreto.
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Referencia completa del artículo:
Serpell BG, Cook CJ. Interpreting cortisol and testosterone: are they markers of readiness to perform? Stress. 2026 Dec 31;29(1):2723347. doi: 10.1080/10253890.2026.2723347.

