Las enfermedades del hígado representan una de las principales causas de mortalidad global y que, pese a los avances farmacológicos y quirúrgicos, el manejo clínico continúa siendo complejo. En este contexto, el ejercicio físico emerge como una intervención no farmacológica capaz de mejorar la homeostasis metabólica, reducir la inflamación y favorecer la calidad de vida de los pacientes.
Durante décadas el reposo fue considerado parte fundamental del tratamiento de enfermedades hepáticas como la hepatitis viral o la cirrosis. Sin embargo, investigaciones recientes han demostrado que la inactividad prolongada favorece la pérdida de masa muscular, el deterioro funcional y el incremento del riesgo de fibrosis. A partir de esta reevaluación, el ejercicio ha pasado a considerarse una herramienta terapéutica útil no solo en el hígado graso asociado a disfunción metabólica (MASLD), sino también en cirrosis, hipertensión portal, lesión por isquemia-reperfusión e incluso cáncer hepático.
Se describen dos grandes modalidades de ejercicio: el aeróbico y el de resistencia. El ejercicio aeróbico, como caminar, correr, nadar o montar bicicleta, mejora el peso corporal, la presión arterial y el metabolismo de la glucosa y los lípidos. Por su parte, el entrenamiento de fuerza incrementa la fuerza muscular, la densidad ósea y la sensibilidad a la insulina. Aunque ambos tipos de ejercicio muestran beneficios comparables en enfermedades hepáticas, su combinación parece ofrecer mejores resultados clínicos, especialmente en pacientes con cirrosis y sarcopenia. Además, el artículo subraya que la intensidad y la duración del ejercicio deben individualizarse según la condición física y el estadio de la enfermedad de cada paciente.
Uno de los mecanismos más importantes mediante los cuales el ejercicio protege al hígado es la mejora de la sensibilidad a la insulina. La resistencia a la insulina favorece la acumulación de grasa hepática y constituye un elemento central en el desarrollo de MASLD. Diversos estudios experimentales revisados muestran que el ejercicio activa rutas moleculares relacionadas con AMPK, Akt y PPAR-α, mejorando la señalización de la insulina y reduciendo la inflamación metabólica. El ejercicio también modifica perfiles de microARN y disminuye mediadores asociados al daño hepático inducido por dietas ricas en grasa.
Otro aspecto fundamental es la regulación del metabolismo lipídico. El hígado participa activamente en la síntesis y degradación de grasas, y cuando estos procesos se alteran aparece esteatosis hepática. El ejercicio aumenta el gasto energético y favorece la lipólisis, es decir, la degradación de triglicéridos en ácidos grasos libres que pueden utilizarse como fuente de energía. Además, disminuye la lipogénesis hepática y potencia la oxidación de ácidos grasos mediante la activación de AMPK y Sirtuina-1. En modelos animales se observó que el ejercicio reduce la acumulación de grasa hepática, mejora la autofagia y disminuye enzimas asociadas con la producción excesiva de lípidos.
El artículo también dedica una parte importante a los efectos inmunomoduladores del ejercicio. La inflamación crónica es un componente clave en la progresión de muchas enfermedades hepáticas. El ejercicio modifica el microambiente inmunológico del hígado, favoreciendo un perfil antiinflamatorio. Estudios en animales demostraron que el entrenamiento físico reduce la infiltración de macrófagos inflamatorios, disminuye la expresión de citocinas como TNF-α e IL-6 y aumenta mediadores antiinflamatorios como IL-10. Además, el ejercicio influye en células inmunes especializadas, como las células NK y los linfocitos CD8+, potenciando respuestas antitumorales y reduciendo la progresión del daño hepático.
En relación con la lesión hepática por isquemia-reperfusión, frecuente en cirugía hepática y trasplante, los autores describen que el ejercicio preoperatorio mejora la tolerancia del hígado al estrés oxidativo. Esto ocurre gracias a la activación de AMPK y a la liberación de irisina, una mioquina producida durante el ejercicio que protege la función mitocondrial y disminuye el daño celular. Asimismo, los programas de ejercicio antes y después del trasplante hepático mejoran la capacidad cardiorrespiratoria y la recuperación funcional de los pacientes trasplantados.
El apartado más amplio del artículo está dedicado al MASLD, actualmente la enfermedad hepática más frecuente en el mundo. La evidencia clínica muestra que tanto el ejercicio aeróbico como el de resistencia disminuyen la grasa intrahepática y mejoran la sensibilidad a la insulina. Ensayos clínicos aleatorizados demostraron que programas de 12 semanas de ejercicio moderado reducen significativamente la esteatosis y la inflamación hepática, incluso sin pérdida importante de peso corporal. Además, metaanálisis citados en el artículo indican que cuanto mayor es la duración sostenida del ejercicio, mayor es la reducción de triglicéridos intrahepáticos. Por ello, las guías actuales recomiendan entre 150 y 300 minutos semanales de ejercicio aeróbico moderado o entre 75 y 150 minutos de actividad vigorosa.
Respecto a la hipertensión portal y la cirrosis, el artículo señala que históricamente existía temor a que el ejercicio agravara complicaciones como hemorragias o encefalopatía hepática. Sin embargo, estudios recientes muestran que programas supervisados de intensidad moderada son seguros y pueden reducir la presión portal, mejorar la capacidad funcional y aumentar la fuerza muscular. En pacientes con cirrosis compensada, el entrenamiento físico también mejora la calidad de vida y disminuye el riesgo de hospitalización. Aun así, los autores reconocen que todavía faltan datos para establecer recomendaciones universales sobre intensidad y duración del ejercicio en esta población.
En el caso del cáncer hepático, especialmente el carcinoma hepatocelular, la evidencia epidemiológica sugiere que las personas físicamente activas tienen un menor riesgo de desarrollar la enfermedad y una menor mortalidad asociada. El ejercicio actúa a través de múltiples mecanismos: regula rutas moleculares implicadas en la proliferación tumoral, mejora la respuesta inmunológica antitumoral y modifica el metabolismo del microambiente tumoral. Además, ayuda a preservar la masa muscular y mejora la tolerancia a tratamientos oncológicos. Las recomendaciones actuales para supervivientes de cáncer incluyen ejercicio aeróbico moderado al menos tres veces por semana y entrenamiento de resistencia dos veces por semana.
Finalmente, el artículo concluye que el ejercicio físico constituye una intervención integral con efectos beneficiosos sobre múltiples órganos y sistemas relacionados con la salud hepática. Además de actuar directamente sobre el hígado, mejora la función cardiovascular, muscular, cerebral y del microbioma intestinal, factores que indirectamente contribuyen a reducir la progresión de las enfermedades hepáticas. Los autores enfatizan la necesidad de desarrollar estudios multicéntricos más amplios que permitan definir protocolos específicos según el tipo y estadio de enfermedad hepática. En conjunto, la revisión respalda firmemente la incorporación del ejercicio físico como parte esencial del tratamiento y prevención de las enfermedades del hígado.
Acceso libre al artículo original en: https://www.fisiologiadelejercicio.com/wp-content/uploads/2026/05/physical_exercise_in_liver_diseases.20-1.pdf
Referencia completa del artículo:
Zhang Y, Cao C, Li C, Witt RG, Huang H, Tsung A, Zhang H. Physical exercise in liver diseases. Hepatology. 2026 Apr 1;83(4):915-930. doi: 10.1097/HEP.0000000000000941.





