Dieta cetogénica de corta duración y rendimiento aeróbico

Investigaciones recientes han cuestionado el dogma de las dietas altas en carbohidratos (HCHO) para los atletas de resistencia aeróbica frente a las dietas cetogénicas (LCHF, 75-80% grasas; <50 g/día carbohidratos) en relación con el rendimiento en resistencia aeróbica. Recientemente se ha publicado un artículo (Melby y col, 2020; J Physiol 10-ago; doi: 10.1113/JP280552) que aborda este tema. En la actualidad hay un cierto consenso a la hora de considerar que el entrenamiento de resistencia aeróbica con baja disponibilidad de carbohidratos induce cambios adaptativos que mejoran el transporte y la oxidación mitocondrial de ácidos grasos en el músculo esquelético, lo que resulta en un aumento en la intensidad del ejercicio asociada a la tasa de oxidación máxima de grasas, la llamada “adaptación de grasas”. Sin embargo, los estudios son contradictorios quedando preguntas sin respuesta clara, como la magnitud de la restricción de carbohidratos necesaria para producir adaptaciones metabólicas beneficiosas, el tiempo necesario para lograr la adaptación a la dieta LCHF, el impacto de la adaptación del metabolismo de las grasas en el rendimiento en competición, y el potencial para maximizar el rendimiento de la carrera periodizando “la composición de macronutrientes (entrenando con dieta baja en carbohidratos pero compitiendo con altos niveles de CHO en la dieta). Recientemente Burke y col, 2020 (J Physiol. doi:10.1113/JP280221) abordan algunas de estas cuestiones. Así, en marchadores de elite que siguieron una dieta LCHF o HCHO durante 5 días, se observaron aumentos muy significativos en sus tasas de oxidación de grasas durante el ejercicio, similares a los valores observados en estudios que utilizan períodos de adaptación más largos (meses a años). Sin embargo, esa adaptación resultó negativa respecto a los atletas con la dieta HCHO, exhibiendo un mayor costo de oxígeno al marchar a velocidades de competición, es decir, una economía de ejercicio reducida, además de peores tiempos en 10 k, y ello a pesar de establecer un periodo de restauración de glucógeno de 24 h previo a la prueba. Los autores sugieren que, el descenso del rendimiento se debió probablemente a la reducción de la glucogenólisis y la oxidación del piruvato. Los autores comprobaron cómo después de someterse a cinco días de restauración de HCHO, la economía de ejercicio y utilización de sustratos volvió a sus valores basales. En teoría, esta rápida adaptación podría permitir a los atletas prescindir de los entrenamientos durante meses con dietas LCHF y en su lugar, beneficiarse de un período de adaptación mucho más corto. La adaptación rápida también podría permitir a los atletas de resistencia aeróbica mantener sesiones de ejercicio más largas con tasas más bajas de agotamiento de glucógeno. Sin embargo, esta adaptación parece negativa para el rendimiento, al menos para una distancia de 10 km. Los ácidos grasos en comparación con los carbohidratos proporcionan más energía por unidad de masa, pero requieren más oxígeno para una provisión de ATP equivalente. Esta mayor demanda de VO2, es decir, menor economía de ejercicio, cuando se logra el estado “adaptado a la grasa” también se asoció con tasas más altas de esfuerzo percibido o RPE. Hay algunas preguntas que requieren respuestas en relación a investigaciones futuras, como, por ejemplo, ¿ocurren a corto plazo de manera sincrónica las adaptaciones en el metabolismo muscular de las grasas y la cetoadaptación del sistema nervioso central. Si la oxidación de cetonas en el cerebro requiriera un período de adaptación más largo, ¿podría una dieta baja en carbohidratos a corto plazo provoca una disminución del rendimiento en parte debido a la “fatiga central” por una disminución de la disponibilidad de glucosa en el cerebro? En este estudio, esta hipótesis parece poco probable dado que las concentraciones de glucosa en sangre fueron similares entre las condiciones de HCHO y LCHF durante las pruebas de economía de carrera.

Las posturas más extremas, suelen asociarse a falta de información, o lo que es más preocupante, a la refractariedad frente a la evidencia científica disponible. Los defensores a ultranza de las dietas cetogénicas en relación al ejercicio se basan en experiencias personales e informaciones sesgadas, pero la realidad científica y sobre todo el rendimiento real en atletas marcan sus reglas difícilmente cuestionables. Ningún fisiólogo puede rechazar las adaptaciones fisiológicas asociadas a las dietas bajas en carbohidratos relacionadas con el ejercicio, pero si debe cuestionar si esas adaptaciones pueden conllevar un descenso del rendimiento. Es importante considerar cuando se habla de “rendimiento” a que población nos referimos; así, en deportistas aficionados, es posible que una dieta cetogénica se asocie a una mejora del rendimiento en un determinado número de atletas, pero cuando hablamos de deportistas de resistencia aeróbica de elite, entonces la ausencia o reducción de glucógeno muscular y/o hepático equivale invariablemente a un descenso del rendimiento. Esto no es un tema de “creencias” ni de “actos de fe”, es solo cuestión de tomar decisiones en base a la evidencia científica disponible. Si esto “incomoda” a los fanáticos desinformados es únicamente su problema.