La hipertensión arterial constituye uno de los principales problemas de salud pública a nivel mundial, afectando a más del 30 % de la población adulta y aumentando de forma significativa el riesgo de enfermedad cardiovascular, cerebrovascular y renal. Desde 1990, el número de personas con hipertensión se ha duplicado, superando actualmente los 1.200 millones de adultos. Este incremento se asocia, entre otros factores, al envejecimiento poblacional y a estilos de vida cada vez más sedentarios. Se estima que una reducción de tan solo 10 mm Hg en la presión arterial sistólica se asocia con una disminución cercana al 20 % del riesgo de eventos cardiovasculares mayores y casi un 50 % del riesgo de ictus.
Las guías clínicas internacionales recomiendan de forma sistemática la actividad física regular como estrategia de prevención primaria y secundaria de la hipertensión. Sin embargo, una proporción relevante de la población no cumple estas recomendaciones debido a múltiples barreras, como la falta de tiempo, la baja adherencia, limitaciones funcionales, comorbilidades o entornos poco favorables para la práctica de ejercicio. Ante esta realidad, se hace necesario explorar terapias complementarias, accesibles y culturalmente aceptables, que puedan apoyar el manejo de la presión arterial, especialmente en personas con baja adherencia al ejercicio.
En este contexto, la inmersión en agua caliente (hot-water immersion, HWI) ha resurgido como una intervención potencialmente útil. Aunque su uso con fines terapéuticos se remonta a siglos atrás, solo recientemente se ha comenzado a estudiar de forma sistemática su impacto sobre la presión arterial y la salud cardiovascular. La HWI induce respuestas fisiológicas que comparten similitudes notables con las observadas durante el ejercicio físico, lo que ha despertado un creciente interés científico.
Fundamentos fisiológicos de la inmersión en agua caliente
La inmersión en agua caliente se define generalmente como la exposición del cuerpo a agua a temperaturas aproximadas de 39–40 °C, diferenciándose de exposiciones termoneutrales (33–37 °C). El principal estímulo fisiológico es el aumento de la temperatura corporal central, que desencadena una cascada de respuestas cardiovasculares y termorreguladoras.
Durante la inmersión, el gasto cardíaco puede duplicarse, fundamentalmente por un aumento de la frecuencia cardíaca, con el objetivo de facilitar la redistribución del flujo sanguíneo hacia la piel para disipar calor. A diferencia de otras formas de calor pasivo, la inmersión introduce además el efecto de la presión hidrostática, que favorece el retorno venoso y ayuda a mantener el volumen sistólico a pesar de la vasodilatación periférica. Este fenómeno distingue a la HWI de intervenciones como la sauna y podría explicar parte de sus efectos cardiovasculares específicos.
El incremento del flujo sanguíneo cutáneo y del estrés de cizallamiento sobre el endotelio vascular estimula la producción de óxido nítrico, un potente vasodilatador, contribuyendo a reducciones transitorias de la presión arterial durante y tras la exposición. De forma análoga al ejercicio, estos estímulos repetidos podrían inducir adaptaciones crónicas beneficiosas sobre la función vascular y la regulación hemodinámica.
Evidencia sobre los efectos hipotensores de la inmersión en agua caliente
Los estudios disponibles muestran que la HWI puede inducir reducciones agudas y crónicas de la presión arterial. Durante la exposición y en el periodo inmediatamente posterior, se observa una disminución transitoria de la resistencia vascular sistémica y de la presión arterial, atribuible a la vasodilatación periférica, el aumento del flujo sanguíneo cutáneo y ajustes autonómicos y hormonales.
En cuanto a los efectos a medio y largo plazo, múltiples estudios de intervención (de entre 1 y 12 semanas) han documentado descensos clínicamente relevantes de la presión arterial en poblaciones diversas, incluyendo personas sedentarias, individuos con sobrepeso, pacientes con hipertensión, enfermedad arterial periférica, diabetes tipo 2, insuficiencia cardíaca u osteoartrosis. En algunos casos, las reducciones observadas (8–10 mm Hg en presión sistólica y 4–6 mm Hg en diastólica) son comparables a las logradas con dosis máximas de fármacos antihipertensivos habituales.
No obstante, los autores subrayan importantes limitaciones metodológicas. En muchos estudios la presión arterial no fue la variable principal, ni se utilizó monitorización ambulatoria de 24 horas, considerada el estándar de referencia. El único ensayo que empleó esta metodología como resultado primario no encontró reducciones significativas en personas con hipertensión no tratada, lo que introduce incertidumbre sobre la magnitud real del efecto. Estas discrepancias resaltan la necesidad de estudios mejor diseñados y con mayor potencia estadística.
Discusión: mecanismos potenciales y complejidad fisiológica
La discusión del artículo pone de relieve que los mecanismos responsables de los efectos hipotensores de la HWI son multifactoriales y complejos. A nivel vascular, el aumento repetido del estrés de cizallamiento podría mejorar la biodisponibilidad de óxido nítrico y favorecer un perfil hemodinámico más antiaterogénico. Curiosamente, algunos estudios muestran reducciones de la presión arterial sin mejoras paralelas en la función endotelial medida mediante dilatación mediada por flujo, especialmente en poblaciones clínicas, lo que sugiere que otros mecanismos pueden ser igualmente relevantes.
Entre ellos destacan los efectos hormonales y de regulación de fluidos. La presión hidrostática incrementa el retorno venoso y el estiramiento auricular, estimulando la liberación del péptido natriurético auricular, con efectos vasodilatadores y natriuréticos. Además, la repetición de exposiciones térmicas puede inducir expansión del volumen plasmático, similar a la observada tras programas de ejercicio, lo que mejora el equilibrio autonómico y reduce la frecuencia cardíaca en reposo.
Desde el punto de vista autonómico, la HWI se asocia con una reducción de la actividad simpática muscular y un posible aumento del tono vagal, contribuyendo a una menor presión arterial basal. Asimismo, se ha documentado una disminución del estrés oxidativo y de la inflamación sistémica, junto con un aumento de proteínas de choque térmico y enzimas antioxidantes, lo que podría mejorar la función vascular de forma indirecta.
Variabilidad individual, dosis-respuesta y población diana
Un aspecto central de la discusión es la marcada variabilidad interindividual en la respuesta a la HWI. La edad, el nivel de condición cardiorrespiratoria, la presencia de comorbilidades y el tratamiento farmacológico parecen modular tanto las respuestas agudas como las adaptaciones crónicas. Los datos sugieren que las personas mayores y aquellas con hipertensión tratada farmacológicamente podrían beneficiarse más que los adultos jóvenes y normotensos.
En cuanto a la dosis-respuesta, no existe aún consenso sobre la combinación óptima de temperatura, duración, frecuencia y profundidad de inmersión. Resulta llamativo que protocolos muy intensivos no siempre producen mayores reducciones de la presión arterial, lo que refuerza la idea de una respuesta altamente individualizada. Los autores proponen que las respuestas hipotensoras agudas podrían servir como herramienta para predecir la adaptación crónica y personalizar la prescripción de esta terapia.
Conclusiones y perspectivas futuras
En conjunto, la inmersión en agua caliente emerge como una intervención prometedora y potencialmente accesible para complementar el manejo de la hipertensión, especialmente en personas con dificultades para realizar ejercicio físico. No obstante, la evidencia actual sigue siendo heterogénea y limitada por aspectos metodológicos. Los autores concluyen que la HWI no debe considerarse un sustituto del ejercicio ni del tratamiento farmacológico, sino un complemento potencial dentro de un enfoque integral.
Futuros estudios deberán clarificar los mecanismos predominantes, definir protocolos óptimos, identificar a los pacientes que más se benefician y evaluar su eficacia mediante medidas robustas de presión arterial. Solo entonces podrá establecerse el verdadero papel de la inmersión en agua caliente como herramienta terapéutica en la prevención primaria y secundaria de la hipertensión.
Acceso libre al articulo original en: https://www.fisiologiadelejercicio.com/wp-content/uploads/2026/01/Hot‐water-immersion.pdf
Referencia completa del artículo:
Roxburgh BH, Cotter JD, Fujii N, Masodsai K, Thomas KN. Hot-water immersion: a (not so) new therapy for the primary and secondary prevention of hypertension? J Appl Physiol (1985). 2025 Dec 27. doi: 10.1152/japplphysiol.00846.2025.





