Ejercicio terapéutico y metástasis: una estrategia emergente en oncología

Ejercicio en Patologías Crónicas

El artículo aborda una de las cuestiones centrales en oncología actual: la metástasis como principal causa de mortalidad en pacientes con cáncer. A pesar de los avances en cirugía, quimioterapia, radioterapia y terapias dirigidas, el control de la enfermedad metastásica sigue siendo limitado debido a la complejidad biológica del proceso metastásico, que implica invasión celular, angiogénesis, evasión inmune y adaptación al microambiente tumoral (TME). En este contexto, se plantea un cambio conceptual relevante: la necesidad de integrar intervenciones no farmacológicas, como el ejercicio físico, dentro del abordaje oncológico global.

El ejercicio terapéutico ha pasado de ser considerado únicamente una herramienta de soporte a posicionarse como una intervención con potencial impacto directo sobre la biología tumoral. La evidencia emergente sugiere que el ejercicio no solo mejora variables clínicas clásicas —fatiga, calidad de vida, función física o salud mental— sino que también puede modular procesos clave implicados en la progresión tumoral y la metástasis. Entre estos mecanismos se incluyen la mejora de la función inmune, la regulación hormonal, la reducción de la inflamación sistémica y la modificación del microambiente tumoral.

Sin embargo, los autores subrayan desde el inicio una cuestión crítica: los mecanismos exactos mediante los cuales el ejercicio reduce la metástasis no están completamente definidos. Esta incertidumbre limita su integración sistemática en protocolos clínicos y justifica la necesidad de revisiones como la presente. Además, se enfatiza que los efectos del ejercicio no son uniformes, sino dependientes del tipo de cáncer, su estadio y las características del paciente, lo que introduce la necesidad de una prescripción individualizada.

Se describen múltiples mecanismos mediante los cuales el ejercicio podría influir en la metástasis. Entre los más relevantes destaca la modulación del sistema inmune, con aumento de la actividad de linfocitos T citotóxicos y células NK, fundamentales en la vigilancia tumoral. También se resalta la capacidad del ejercicio para reducir la inflamación crónica —un factor clave en la progresión tumoral— mediante cambios en el perfil de citocinas. Asimismo, el ejercicio mejora la oxigenación tumoral, reduce la hipoxia y modifica el microambiente tumoral hacia un entorno menos favorable para la invasión y diseminación celular. Otros mecanismos incluyen la regulación de hormonas como insulina, IGF-1 y estrógenos, así como efectos directos sobre la apoptosis y proliferación celular.

Desde el punto de vista clínico, el artículo recoge evidencia epidemiológica y experimental que sugiere una asociación consistente entre niveles más altos de actividad física y menor riesgo de recurrencia o metástasis en diversos tipos de cáncer (mama, colon, pulmón, próstata). No obstante, los autores advierten que gran parte de esta evidencia es indirecta o heterogénea, y que los ensayos clínicos específicos sobre metástasis son todavía limitados.

Discusión

En primer lugar, los autores destacan el potencial sinérgico del ejercicio con los tratamientos oncológicos convencionales. Se sugiere que el ejercicio puede mejorar la perfusión tumoral y, por tanto, la eficacia de la quimioterapia, además de reducir efectos secundarios como fatiga, neuropatía o inflamación inducida por radioterapia. En el contexto de la inmunoterapia, el ejercicio podría potenciar la respuesta inmune al modificar el microambiente tumoral. No obstante, estos efectos sinérgicos, aunque prometedores, están todavía poco estudiados en humanos y requieren ensayos clínicos bien diseñados.

Otro aspecto clave de la discusión es el papel del ejercicio en complicaciones frecuentes del cáncer avanzado, como la caquexia y la anorexia. El ejercicio podría contrarrestar la pérdida de masa muscular mediante el aumento de la síntesis proteica y la reducción de la inflamación sistémica, además de mejorar el apetito a través de mecanismos hormonales. Este enfoque es especialmente relevante desde una perspectiva clínica, ya que estas condiciones afectan significativamente al pronóstico y la calidad de vida.

Sin embargo, el artículo también introduce una visión crítica necesaria. Los autores reconocen importantes limitaciones en la evidencia actual:

  1. Heterogeneidad de estudios: diferencias en tipo, intensidad y duración del ejercicio dificultan la comparación de resultados.
  2. Variabilidad interindividual: factores como edad, comorbilidades, estado funcional o genética condicionan la respuesta al ejercicio.
  3. Falta de estandarización: no existen protocolos claros sobre dosis óptima de ejercicio en oncología.
  4. Limitaciones metodológicas: muchos estudios tienen tamaños muestrales pequeños o seguimientos cortos.

Uno de los puntos más interesantes —y que merece un análisis crítico— es la mención a posibles efectos no siempre beneficiosos del ejercicio. Los autores sugieren que ejercicio de alta intensidad podría, en determinados contextos, tener efectos adversos, posiblemente relacionados con el aumento de hormonas del estrés o respuestas inflamatorias. Este aspecto, aunque todavía poco desarrollado, es relevante porque cuestiona la idea simplista de que “más ejercicio es siempre mejor”, y refuerza la necesidad de una prescripción individualizada.

Además, la discusión insiste en que los mecanismos moleculares no están completamente esclarecidos. Aunque se han identificado múltiples vías (inmunidad, inflamación, metabolismo, angiogénesis), falta una integración clara de estos procesos, así como estudios que diferencien el impacto de distintos tipos de ejercicio (aeróbico vs. fuerza, por ejemplo).

Desde una perspectiva aplicada, el artículo propone varias líneas de investigación futura:

  • Ensayos clínicos aleatorizados de gran tamaño.
  • Estudios que analicen relaciones dosis-respuesta.
  • Enfoques de medicina personalizada basados en características del paciente y del tumor.
  • Integración de tecnologías (wearables, inteligencia artificial) para monitorización y ajuste de intervenciones.

Conclusión

El artículo concluye que el ejercicio terapéutico tiene un potencial significativo como estrategia complementaria en la prevención de la metástasis, actuando a través de múltiples mecanismos biológicos. Sin embargo, esta afirmación debe interpretarse con cautela: la evidencia es prometedora pero todavía incompleta y heterogénea.

Desde una perspectiva clínica —y aquí conviene ser escéptico—, el ejercicio no puede considerarse aún una intervención “antimetastásica” en sentido estricto, sino más bien un modulador del entorno biológico del cáncer con efectos potencialmente beneficiosos. Su implementación debería realizarse de forma individualizada, supervisada y basada en la evidencia disponible, evitando generalizaciones.

Acceso libre al artículo original en: https://www.fisiologiadelejercicio.com/wp-content/uploads/2026/03/an-effective-approach-to-mitigate-the-risk-of-cancer-metastasis.pdf

Referencia completa del artículo:

Chen X, Zhang J, Gao F, Liu N, Du H, Li J, Li Z, Chen R. Exercise therapy: an effective approach to mitigate the risk of cancer metastasis. World J Surg Oncol. 2025 May 16;23(1):192. doi: 10.1186/s12957-025-03846-7.

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