El documento constituye una actualización profunda y necesaria del posicionamiento del American College of Sports Medicine (ACSM) sobre el dopaje sanguíneo, revisando casi tres décadas de avances científicos, tecnológicos y regulatorios desde el primer posicionamiento de 1996. Su aportación principal es integrar de forma crítica el conocimiento actual sobre eritropoyesis, rendimiento, riesgos médicos y estrategias de detección, en un contexto deportivo profundamente transformado por la profesionalización, la globalización y el desarrollo de nuevas formas de dopaje.
El consenso parte de una definición clara: el dopaje sanguíneo consiste en incrementar artificialmente la masa de glóbulos rojos con el objetivo de mejorar el rendimiento, especialmente en deportes de resistencia. Esta definición no es trivial, ya que el documento subraya de manera explícita que no todas las estrategias que aumentan la hemoglobina constituyen dopaje. Métodos fisiológicos como la exposición a la altitud natural o simulada quedan fuera de esta categoría, un punto relevante para evitar confusiones frecuentes tanto en el ámbito deportivo como clínico.
Uno de los aportes clave del texto es la contextualización histórica detallada del dopaje sanguíneo. El documento muestra cómo prácticas inicialmente experimentales en los años setenta y ochenta, como las transfusiones de sangre, evolucionaron hacia el uso masivo de eritropoyetina recombinante (EPO) en los años noventa. Este periodo coincidió con mejoras abruptas y poco explicables en marcas mundiales de resistencia, lo que refuerza la relación causal entre manipulación hematológica y rendimiento. El consenso no elude los episodios más oscuros del deporte moderno —Operación Puerto, US Postal, dopaje sistémico en Rusia— sino que los utiliza como evidencia empírica de que el dopaje sanguíneo ha sido estructural, organizado y persistente.
Desde el punto de vista fisiológico, el documento aporta una síntesis muy sólida del papel de la masa total de hemoglobina (Hbmass) como determinante del rendimiento aeróbico. A diferencia de enfoques simplistas centrados en la concentración de hemoglobina o el hematocrito, el consenso subraya que es la cantidad absoluta de hemoglobina la que determina la capacidad de transporte de oxígeno. Se explica con claridad cómo las transfusiones o la administración de EPO pueden inducir aumentos de Hbmass muy superiores —y mucho más rápidos— a los que se logran mediante entrenamiento o altitud, rompiendo así los límites fisiológicos normales.
El texto aporta datos cuantitativos relevantes: aumentos relativamente modestos de Hbmass se traducen en incrementos clínicamente significativos del VO₂máx y del rendimiento competitivo. Además, se destaca un aspecto a menudo infravalorado: el dopaje sanguíneo no solo mejora el rendimiento en competición, sino que permite entrenar a mayor intensidad y volumen, generando adaptaciones secundarias que pueden persistir incluso cuando los parámetros hematológicos regresan a valores basales. Este punto es crucial para comprender por qué el dopaje sanguíneo ha sido tan atractivo para atletas de élite.
Otro aporte central del consenso es la diferenciación rigurosa entre dopaje sanguíneo y adaptación a la hipoxia. Aunque ambos procesos comparten la activación de la vía de la eritropoyetina, el documento explica que la magnitud, la velocidad y la previsibilidad de la respuesta son radicalmente distintas. La respuesta a la altitud es altamente variable entre individuos y depende de múltiples factores (hierro, energía disponible, inflamación), mientras que el dopaje permite una manipulación precisa y desproporcionada del sistema eritropoyético. Esta comparación refuerza la justificación ética y científica para no considerar la altitud como dopaje.
En cuanto a los riesgos médicos, el documento adopta un enfoque prudente pero firme. Reconoce que tanto la EPO como las transfusiones son herramientas terapéuticas legítimas en medicina, pero advierte que su uso en individuos sanos y en contextos no clínicos conlleva riesgos significativos. Se describen complicaciones cardiovasculares, tromboembólicas y oncológicas asociadas a los agentes estimulantes de la eritropoyesis, así como riesgos infecciosos y potencialmente letales derivados de transfusiones realizadas sin garantías sanitarias. Un aporte relevante es la crítica implícita al argumento, todavía extendido, de que el riesgo se limita al aumento de la viscosidad sanguínea: el consenso deja claro que el problema es multifactorial y no completamente predecible.
Desde el punto de vista del control del dopaje, el documento ofrece una de sus contribuciones más valiosas: una revisión exhaustiva de las estrategias de detección, tanto directas como indirectas. Se explica la evolución desde los primeros test de EPO hasta los métodos actuales basados en electroforesis, espectrometría de masas y análisis en sangre. Sin embargo, el gran protagonista es el Pasaporte Biológico del Atleta (ABP), presentado como una herramienta clave que ha cambiado el paradigma: ya no es necesario detectar la sustancia, sino demostrar una manipulación fisiológica incompatible con la biología individual del atleta. El consenso reconoce limitaciones y factores de confusión, pero defiende el ABP como uno de los mayores avances en la lucha antidopaje.
Mirando al futuro, el documento alerta sobre nuevas amenazas emergentes, especialmente el dopaje génico y los moduladores de la vía del factor inducible por hipoxia (HIF). La descripción de estas estrategias no es sensacionalista, sino preventiva: se subraya que el conocimiento que impulsa avances terapéuticos legítimos también puede ser explotado con fines ilícitos. Este apartado refuerza la idea de una carrera permanente entre innovación biomédica y regulación antidopaje.
El consenso concluye con una posición inequívoca: el dopaje sanguíneo es ético y médicamente inaceptable, vulnera la equidad deportiva y expone al atleta a riesgos injustificables. Más allá de la sanción, el documento insiste en la necesidad de educación, especialmente de entrenadores, médicos y profesionales de la salud, que pueden desempeñar un papel decisivo tanto en la prevención como en la detección temprana de estas prácticas.
En conjunto, el principal aporte de este documento no es solo actualizar conocimientos, sino integrar fisiología, rendimiento, ética y salud pública en una visión coherente del dopaje sanguíneo como problema científico y social. Para profesionales del deporte, la medicina y las ciencias del ejercicio, este consenso se consolida como una referencia imprescindible y difícilmente rebatible.
Acceso libre al artículo original en: https://www.fisiologiadelejercicio.com/wp-content/uploads/2026/02/Blood-Doping-in-Sport.pdf
Referencia completa del artículo:
Lewis L, Mørkeberg J, Chapman R, Schumacher YO, Fedoruk M, Eichner D, Levine B. American College of Sports Medicine Expert Consensus Statement: Blood Doping in Sport. Med Sci Sports Exerc. 2025 Dec 1;57(12):2936-2945. doi: 10.1249/MSS.0000000000003821.





