Ejercicio físico y envejecimiento cerebral: un modulador clave de la salud cognitiva

Salud y Deporte

El envejecimiento de la población mundial ha generado un creciente interés por identificar estrategias eficaces para preservar la función cerebral y la salud mental en las personas mayores. Entre las intervenciones disponibles, la actividad física (AF) se ha consolidado como una herramienta especialmente prometedora por su accesibilidad, bajo coste y amplio impacto sobre múltiples sistemas fisiológicos. Esta revisión analiza la evidencia disponible sobre los efectos neuroprotectores de la actividad física en adultos mayores de 60 años, integrando hallazgos provenientes de estudios epidemiológicos, ensayos clínicos y revisiones sistemáticas.

Contexto y relevancia de la actividad física en el envejecimiento cerebral

Diversos estudios han demostrado que la actividad física no solo mejora la capacidad cardiorrespiratoria, sino que también ejerce efectos significativos sobre la salud mental y la función cognitiva. Uno de los mecanismos fisiológicos iniciales descritos es el aumento de la frecuencia cardíaca durante el ejercicio, lo que incrementa el flujo sanguíneo cerebral y mejora el metabolismo neuronal. Este proceso favorece la distribución de nutrientes, la eliminación de metabolitos y la utilización de oxígeno y glucosa en el cerebro.

Además, la actividad física reduce factores de riesgo cardiovascular —como la hipertensión, la hiperlipidemia o la diabetes— que están estrechamente relacionados con la enfermedad cerebrovascular y el deterioro cognitivo. Por ello, el ejercicio se considera una intervención no farmacológica con un potencial considerable para prevenir enfermedades neurodegenerativas y trastornos psiquiátricos asociados al envejecimiento.

La importancia de estas estrategias preventivas se hace aún más evidente si se consideran los datos epidemiológicos. La depresión presenta una incidencia anual aproximada del 4,5 % entre los adultos mayores que viven en la comunidad. Asimismo, el deterioro cognitivo y la demencia representan una carga considerable tanto para los pacientes como para los sistemas sanitarios. Diversas guías internacionales indican que cumplir con las recomendaciones de actividad física puede reducir aproximadamente un 20 % el riesgo de deterioro cognitivo y demencia. Incluso niveles moderados de ejercicio parecen ofrecer protección significativa frente al deterioro cognitivo.

Por tanto, retrasar la aparición del deterioro cognitivo incluso unos pocos años podría traducirse en un impacto significativo en términos de calidad de vida y reducción de costes sanitarios.

Mecanismos neurobiológicos de la actividad física

Uno de los aspectos centrales de la revisión es el análisis de los mecanismos biológicos que explican los beneficios de la actividad física sobre el cerebro. Entre ellos destacan tres procesos fundamentales.

En primer lugar, el aumento del flujo sanguíneo cerebral inducido por el ejercicio mejora el metabolismo neuronal y la perfusión cerebral. Este efecto contribuye a optimizar el suministro de oxígeno y nutrientes y facilita la eliminación de productos metabólicos.

En segundo lugar, la actividad física estimula la liberación de factores neurotróficos, especialmente el factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF) y el factor de crecimiento similar a la insulina tipo 1 (IGF-1). Estas moléculas desempeñan un papel esencial en la supervivencia neuronal, la plasticidad sináptica y la neurogénesis. El BDNF, en particular, está implicado en procesos de memoria, atención y regulación del estado de ánimo.

Sin embargo, la evidencia no es completamente uniforme. Algunos ensayos clínicos han encontrado aumentos significativos de BDNF tras programas de ejercicio, mientras que otros estudios, especialmente en personas muy mayores (más de 80 años), no han observado cambios relevantes. Esto sugiere que la respuesta neurobiológica al ejercicio podría depender de la intensidad alcanzada y de la edad de los participantes.

En tercer lugar, el ejercicio puede inducir cambios estructurales en el cerebro. Estudios de neuroimagen han demostrado aumentos en el volumen del hipocampo tras programas de ejercicio aeróbico, así como modificaciones en otras estructuras relacionadas con el control motor y la cognición, como los ganglios basales. También se han descrito incrementos en el volumen de sustancia gris y blanca y una reducción de las hiperintensidades de sustancia blanca asociadas al envejecimiento.

Efectos sobre el estado de ánimo y los trastornos psiquiátricos

La actividad física también ha demostrado ser eficaz en la reducción de síntomas depresivos y ansiosos. De hecho, algunos estudios sugieren que el ejercicio puede ser tan eficaz como los antidepresivos o la terapia psicológica en casos de depresión leve o moderada. Una ventaja importante es su perfil de seguridad, ya que evita efectos adversos frecuentes de los psicofármacos, como sedación, aumento de peso o disfunción sexual.

Los mecanismos responsables de estos efectos incluyen el aumento de neurotransmisores implicados en la regulación del estado de ánimo —como serotonina, dopamina y noradrenalina— y la modulación del eje hipotálamo-hipófiso-adrenal, que regula la respuesta al estrés.

Además de estos efectos biológicos, el ejercicio ofrece beneficios psicológicos y sociales, como el aumento de la autoestima, la reducción del aislamiento social y el fortalecimiento del sentido de pertenencia, especialmente cuando se practica en entornos grupales.

Actividad física y deterioro cognitivo

Un número creciente de estudios longitudinales y ensayos clínicos indica que la actividad física se asocia con un menor riesgo de deterioro cognitivo y demencia. Investigaciones de seguimiento prolongado han mostrado que mantener niveles elevados de actividad física durante la mediana edad se relaciona con un menor riesgo de demencia en etapas posteriores de la vida.

Los beneficios cognitivos parecen afectar especialmente a las funciones ejecutivas, la velocidad de procesamiento y la memoria. Asimismo, se ha observado que incluso actividades relativamente simples, como caminar varias veces por semana, pueden reducir significativamente el riesgo de enfermedad de Alzheimer.

Es importante señalar que el deterioro cognitivo y la depresión en la vejez suelen coexistir y pueden presentar síntomas similares, especialmente en lo que respecta a las funciones ejecutivas y la atención. La actividad física, al mejorar tanto la cognición como el estado de ánimo, podría desempeñar un papel relevante en el abordaje de ambos procesos.

Interpretación global de la evidencia

En la sección de discusión, los autores integran los hallazgos de la literatura y destacan que la actividad física actúa sobre múltiples dimensiones del envejecimiento cerebral: biológica, cognitiva y psicosocial. Estos efectos se producen a través de una cascada de procesos fisiológicos que incluyen el aumento del flujo sanguíneo cerebral, la liberación de neurotransmisores y factores neurotróficos, y la mejora del metabolismo cerebral.

El modelo conceptual presentado en la figura del artículo muestra que la actividad física desencadena procesos fisiológicos y psicosociales interrelacionados que influyen en la función cerebral y el bienestar general. Entre ellos destacan el aumento de neurotransmisores, la expresión de factores neurotróficos, la mejora del consumo de oxígeno y la utilización de glucosa, todos ellos factores que favorecen la neuroplasticidad y la función cognitiva.

Los autores también subrayan que la actividad física mejora la calidad del sueño, lo que a su vez favorece la consolidación de la memoria y la plasticidad cerebral. Este efecto refuerza la idea de que el ejercicio debe considerarse dentro de un enfoque integral de promoción de la salud cerebral.

Implicaciones clínicas

A pesar de la evidencia disponible, la adherencia a las recomendaciones de actividad física sigue siendo baja, especialmente en la población mayor. Por ello, los profesionales sanitarios desempeñan un papel clave en la promoción del ejercicio como estrategia preventiva y terapéutica.

Las guías actuales recomiendan que los adultos realicen entre 150 y 300 minutos semanales de actividad aeróbica moderada, o entre 75 y 150 minutos de actividad vigorosa, además de ejercicios de fuerza al menos dos días por semana. En las personas mayores se recomienda añadir ejercicios de equilibrio para prevenir caídas.

Los autores también destacan la importancia de individualizar las prescripciones de ejercicio según la capacidad funcional, el estado de salud y los objetivos del paciente. Asimismo, recomiendan integrar el asesoramiento sobre actividad física en las consultas clínicas mediante estrategias como la entrevista motivacional y la colaboración con profesionales del ejercicio o fisioterapeutas.

Conclusión

En conjunto, la evidencia revisada indica que la actividad física constituye una intervención eficaz, segura y de bajo coste para promover la salud cerebral en el envejecimiento. Sus beneficios se producen a través de múltiples mecanismos complementarios que incluyen mejoras en la perfusión cerebral, la neuroplasticidad, el metabolismo neuronal y la regulación del estado de ánimo.

Además de sus efectos biológicos, el ejercicio proporciona beneficios psicológicos y sociales que contribuyen al bienestar global de las personas mayores. Por ello, integrar recomendaciones de actividad física en la práctica clínica habitual puede representar una estrategia clave para preservar la función cognitiva, prevenir trastornos neurodegenerativos y mejorar la calidad de vida en la vejez.

Acceso libre al artículo original en: https://www.fisiologiadelejercicio.com/wp-content/uploads/2026/03/Physical-activity-and-the-aging-brain.pdf

Referencia completa del artículo:

Klil-Drori S, Juneau M, Serlin Y. Physical activity and the aging brain: A narrative review. J Health Psychol. 2026 Jan 25:13591053251408208. doi: 10.1177/13591053251408208.

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