El entrenamiento funcional de alta intensidad (High-Intensity Functional Training, HIFT) surge como un paradigma de ejercicio relativamente reciente que combina elementos característicos del entrenamiento interválico de alta intensidad (HIIT) y del entrenamiento de fuerza. Su objetivo principal es provocar una activación muscular más amplia que la que se consigue con ejercicios aeróbicos repetitivos, permitiendo mejoras simultáneas en la condición cardiovascular y en los parámetros de fuerza y masa muscular. Dentro de este enfoque se incluyen modalidades ampliamente conocidas como CrossFit®, aunque el concepto de HIFT es más amplio y adaptable a diferentes contextos, niveles de condición física y objetivos de salud.
Desde un punto de vista funcional, el HIFT se caracteriza por la realización de movimientos multiarticulares, ejecutados a alta intensidad y con una elevada demanda neuromuscular. Esta combinación permite inducir adaptaciones tanto periféricas como centrales. Diversos estudios han mostrado que este tipo de entrenamiento mejora la composición corporal, reduciendo el porcentaje de grasa y aumentando la masa libre de grasa, además de favorecer un mejor control glucémico y metabólico. Sin embargo, uno de los aspectos más interesantes del HIFT es que sus beneficios no se limitan al sistema músculoesquelético o cardiovascular, sino que se extienden también al ámbito cognitivo y neurológico.
En el plano cognitivo, se ha observado que programas de HIFT de duración moderada pueden mejorar funciones como la memoria de trabajo, el aprendizaje espacial, la capacidad de inhibición y otros dominios ejecutivos. Estos efectos parecen ser superiores a los obtenidos con entrenamientos aeróbicos de baja intensidad, lo que sugiere que la combinación de alta intensidad metabólica y elevada tensión mecánica genera un entorno fisiológico particularmente favorable para la plasticidad neuronal. Este hecho ha despertado un creciente interés por comprender los mecanismos moleculares que subyacen a estas adaptaciones.
Uno de los pilares fisiológicos del HIFT es su componente de alta intensidad, heredado del HIIT. Durante este tipo de ejercicio se produce una acumulación significativa de lactato en el músculo, que posteriormente es liberado a la circulación. Lejos de ser un simple subproducto metabólico, el lactato actúa como una molécula señalizadora con efectos sistémicos. En concreto, el lactato activa el receptor HCAR1 presente en células endoteliales, lo que desencadena la liberación del factor de crecimiento endotelial vascular (VEGF). Este proceso favorece la angiogénesis, es decir, la formación de nuevos vasos sanguíneos, mejorando la disponibilidad de oxígeno y nutrientes tanto en el músculo como en el tejido nervioso.
Además, el ejercicio de alta intensidad induce la producción controlada de especies reactivas de oxígeno y nitrógeno (ROS/RNS). Aunque tradicionalmente se han asociado a daño celular, en concentraciones fisiológicas estas moléculas cumplen una función señalizadora esencial. En el contexto del HIFT, los ROS/RNS contribuyen a la regulación de la homeostasis cerebrovascular y estimulan la expresión de factores antioxidantes y neurotróficos como el propio VEGF, el factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF) y el factor de crecimiento similar a la insulina tipo 1 (IGF-1). Estos mediadores desempeñan un papel clave en la adaptación vascular y neuronal al ejercicio.
El segundo gran componente del HIFT es el entrenamiento de fuerza, responsable de los estímulos mecánicos que inducen hipertrofia muscular. Cuando el músculo genera fuerza frente a una resistencia externa, se activan complejas vías de mecanotransducción que convierten la tensión mecánica en señales bioquímicas. Una de las proteínas centrales en este proceso es la integrina α7β1, que conecta la matriz extracelular con el citoesqueleto. Su activación recluta a la quinasa de adhesión focal (FAK), lo que conduce a la inhibición del complejo TSC1/2 y a la activación de la vía PI3K/AKT. Esta cascada culmina en la activación del complejo mTORC1, un sensor nutricional y energético fundamental para la síntesis proteica y el crecimiento muscular.
De forma paralela, el HIFT activa canales iónicos sensibles al estiramiento (SAC) presentes en la membrana de la fibra muscular. La activación de estos canales provoca un aumento del calcio intracelular, lo que estimula la quinasa JNK, especialmente en situaciones de elevada carga mecánica o contracciones excéntricas. La activación de JNK contribuye a la fosforilación de p70S6K, una proteína clave en la regulación de la síntesis proteica. El resultado final de estas vías convergentes es un aumento significativo de la producción de proteínas contráctiles y, en consecuencia, del tamaño muscular.
Otro mecanismo relevante inducido por la tensión mecánica es la activación del sistema YAP/TAZ. El aumento de la tensión del citoesqueleto favorece la translocación de YAP al núcleo celular, donde estimula la transcripción del transportador de leucina LAT1. La leucina es un aminoácido esencial con un potente efecto anabólico, capaz de activar directamente mTORC1. Por tanto, el incremento en la disponibilidad intracelular de leucina refuerza aún más la señal anabólica iniciada por la carga mecánica, cerrando un círculo virtuoso de estímulo-respuesta para la hipertrofia muscular.
El músculo esquelético, además de generar fuerza y movimiento, actúa como un órgano endocrino capaz de secretar numerosas mioquinas con efectos sistémicos. Durante el HIFT se incrementa la liberación de mioquinas como BDNF, irisina (FNDC5) e IGF-1. Estas moléculas tienen efectos pleiotrópicos, promoviendo la neurogénesis, la supervivencia neuronal, la plasticidad sináptica y la mejora de diversas funciones cognitivas. El BDNF, en particular, desempeña un papel central en la relación entre ejercicio físico y función cerebral, ya que activa el receptor TrkB y la vía de señalización de CREB, induciendo la expresión de genes implicados en el aprendizaje y la memoria.
Además de sus efectos sobre el músculo y el sistema nervioso, el HIFT también influye de manera significativa en el sistema inmunológico. El aumento de la masa muscular se asocia a una mayor producción de interleucina-15 (IL-15), una citoquina clave para la proliferación de linfocitos T, la formación de células T de memoria y la potenciación de la respuesta inmune frente a infecciones virales. Este vínculo entre masa muscular, función inmune y reducción de la mortalidad por todas las causas refuerza la idea de que el músculo es un regulador central de la salud sistémica.
Finalmente, los autores subrayan que, pese a la evidencia creciente sobre los beneficios del HIFT, todavía existen lagunas importantes en la comprensión de sus mecanismos moleculares, especialmente en modelos experimentales controlados. La mayoría de los datos disponibles proceden de estudios en humanos, lo que limita el análisis mecanístico detallado. En este contexto, se propone el uso de modelos animales como el “resistance wheel running” para reproducir de forma controlada los estímulos combinados de carga mecánica y demanda cardiovascular propios del HIFT, facilitando futuras investigaciones.
En conjunto, el HIFT emerge como un paradigma de entrenamiento altamente eficiente, capaz de integrar adaptaciones cardiovasculares, musculares, cognitivas e inmunológicas a través de complejas redes de señalización molecular. Su potencial como herramienta de promoción de la salud y mejora del rendimiento reside precisamente en esta convergencia de estímulos, que lo diferencia de otras modalidades de ejercicio más tradicionales y abre nuevas vías de investigación en fisiología del ejercicio y medicina del deporte.
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Referencia completa del artículo:
Ben-Zeev T, Okun E. High-Intensity Functional Training: Molecular Mechanisms and Benefits. Neuromolecular Med. 2021 Sep;23(3):335-338. doi: 10.1007/s12017-020-08638-8.




