Efectos del ejercicio sobre la función sexual en mujeres

El ejercicio se asocia a cambios metabólicos, de activación muscular y de redistribución del flujo de sangre, tanto a nivel de respuesta (aguda) como de adaptación. El ejercicio tiene efectos beneficiosos para el organismo tanto a nivel físico como psicológico, pero no están muy estudiados los efectos agudos y crónicos sobre la función sexual en mujeres. Recientemente se han publicado los resultados de una revisión bibliográfica (Stanton y col, 2018; Sex Med Rev 29-mar; doi: 10.1016/j.sxmr.2018.02.004) cuyo objetivo fue evaluar efectos directos e indirectos del ejercicio sobre la función sexual en mujeres. Las mejoras en la excitación sexual fisiológica después del ejercicio agudo parecen ser impulsadas por aumentos en la actividad del sistema nervioso simpático y factores endocrinos. El ejercicio crónico probablemente mejora la satisfacción sexual indirectamente al preservar el equilibrio del sistema nervioso autónomo, que beneficia la salud cardiovascular y el estado de ánimo. La imagen corporal positiva debido al ejercicio crónico también aumenta el bienestar sexual. Aunque pocos estudios han examinado la eficacia de los programas de ejercicio de un mes para el tratamiento de la disfunción sexual, las intervenciones de ejercicio han aliviado las preocupaciones sexuales en 2 poblaciones clínicas específicas: mujeres con disfunción sexual inducida por antidepresivos y mujeres que se han sometido a histerectomías. Los autores concluyen que en conjunto el ejercicio agudo y crónico aporta efectos positivos en la función sexual en las mujeres.

La evaluación de la función sexual es complicada, al no depender solo de factores fisiológicos. Seguramente exista un consenso general entre fisiólogos del ejercicio en el sentido de considerar positiva la relación entre función sexual y ejercicio tanto en hombres como en mujeres. Otro aspecto más complicado de valorar es si hablamos de deportes o ejercicios extremos en los que las respuestas y adaptaciones fisiológicas y psicológicas se sitúan con frecuencia en el límite de lo saludable.

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